En la actualidad, muchos siguen entretenidos con la figura de Miguel Díaz-Canel, el rostro visible del régimen cubano. Sin embargo, detrás de la fachada de este presidente designado se esconde la verdadera fuerza que mueve los hilos del castrismo: Alejandro Castro Espín. Mientras el mundo se centra en la incompetencia del mandatario de turno, el hijo de Raúl Castro opera desde la oscuridad, asegurando la continuidad de la dictadura.
Para los entendidos en la dinámica del poder en Cuba, es evidente que Díaz-Canel no tiene autoridad real. Su papel es el de un mero administrador sin mando efectivo sobre las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) ni el Ministerio del Interior (MININT), los dos pilares que sostienen el aparato represivo de la isla. La lealtad de estos organismos nunca ha estado con un tecnócrata civil, sino con la dinastía que ha gobernado el país por más de seis décadas.
Alejandro Castro Espín ha cultivado su influencia desde las sombras. Durante los últimos años, ha ocupado un rol estratégico en la estructura de seguridad del régimen, supervisando personalmente la represión interna y la vigilancia sobre la cúpula del poder. A diferencia de otros descendientes de la familia Castro, quienes han preferido la opulencia y la vida fácil, Alejandro se ha consolidado como el guardián del castrismo, manteniendo el control de las instituciones clave.
Un ejemplo del alcance de su poder se evidenció durante las negociaciones secretas entre el régimen cubano y la administración de Barack Obama, en las cuales jugó un papel central. Su presencia en estos encuentros no solo lo validó como una pieza fundamental en la continuidad del sistema, sino que también confirmó que su influencia trasciende las fronteras nacionales.
A diferencia de Díaz-Canel, quien carece de historial militar y de respaldo genuino dentro de las fuerzas armadas, Alejandro Castro Espín ha cultivado su imagen dentro del estamento castrense. Perdío un ojo en un accidente durante su tiempo en Angola, un hecho que, aunque anecdótico, le ha servido para legitimarse entre los altos mandos militares como un hombre de acción. En un sistema basado en la lealtad a la fuerza y la represión, este tipo de credenciales pesan mucho más que cualquier título académico o puesto político.
La gran pregunta que muchos cubanos se hacen es: ¿hasta cuándo seguirá esta farsa? La nación se hunde en una crisis sin precedentes, con un pueblo cada vez más asfixiado por la miseria y la falta de libertades, mientras los verdaderos dueños del poder siguen operando desde las sombras. El verdadero rostro de la dictadura no es Díaz-Canel; es Alejandro Castro Espín.
Si el castrismo ha de ser derrotado, debe serlo desde su núcleo más duro. No basta con atacar al títere cuando el titiritero sigue moviendo los hilos. La oposición y la comunidad internacional deben reconocer esta realidad: mientras Alejandro Castro siga en el poder, la dictadura no caerá. El desenlace de la tragedia cubana sigue escribiéndose en la penumbra, pero es claro que la dinastía no está lista para ceder el trono.