El gobernante cubano Miguel Díaz-Canel provocó una nueva ola de indignación entre los ciudadanos tras llamar a protestar por la situación en Argentina, mientras desliga a su administración de toda responsabilidad por la profunda crisis económica y energética que atraviesa Cuba.
Durante el IV Coloquio Patria, celebrado en la Universidad de La Habana, Díaz-Canel reconoció que “la situación del pueblo cubano es muy dura”, pero aseguró que los problemas no se deben a una mala gestión del Gobierno, sino al “recrudecimiento del embargo” de Estados Unidos y a la inclusión de la Isla en la lista de países patrocinadores del terrorismo. El mandatario omitió, sin embargo, las razones de fondo que han llevado a ese señalamiento internacional.
En su intervención, transmitida por el programa oficialista Mesa Redonda, se excusó afirmando que “simplemente no hemos tenido el dinero durante años para mantener las termoeléctricas para hacer las reparaciones”. En un momento de descuido, reveló que el Sistema Electroenergético Nacional (SEN) requiere al menos 500 millones de dólares anuales, una cifra muy inferior a los más de 1.500 millones invertidos por el régimen en 2024 en turismo y actividades inmobiliarias, según datos oficiales publicados por la ONEI.
Mientras el país sufre apagones masivos casi a diario y los hospitales y escuelas quedan sin electricidad, Díaz-Canel aseguró que “los hoteles sí tienen corriente”, un privilegio confirmado por imágenes difundidas en redes sociales. Esta contradicción encendió aún más la furia ciudadana.
A pesar de la miseria generalizada, el gobernante prometió que en 2025 se generarán más de 1.000 MW mediante parques fotovoltaicos, aunque expertos ya han advertido que esta medida no resolverá el colapso energético estructural que enfrenta la Isla.
Díaz-Canel también defendió la exportación de médicos cubanos, calificándola como un acto “noble”, sin referirse a las denuncias de trata de personas, ni a la apropiación del grueso de los salarios que reciben en el extranjero, ni a las restricciones de movimiento y expresión que enfrentan los profesionales.
Lo que más indignó a los cubanos fue su llamado a protestar por los recortes en las pensiones en Argentina. “Si el pueblo argentino se va en marcha, todos tenemos que salir como si fuéramos argentinos”, dijo el mandatario. La ironía es que en Cuba, protestar es un delito castigado con años de prisión, mientras miles de jubilados viven en la miseria, buscando comida en la basura o mendigando en las calles.
Las redes sociales estallaron tras la difusión del discurso. Más de 3.200 comentarios en publicaciones sobre el tema reflejan una sociedad harta de cinismo, corrupción y represión. Muchos ciudadanos exigen al gobernante que explique dónde están los dólares de las remesas, del turismo, de los médicos, y de las tiendas en MLC. Otros piden su renuncia directa: “Si no pueden con este país, váyanse”.
A pesar del creciente descontento, Díaz-Canel se escuda en el discurso de la “unidad revolucionaria” y la “resistencia creativa”, sin ofrecer soluciones concretas para una población que ya no soporta más hambre, apagones y represión.
Mientras el Gobierno cubano gasta millones en hoteles vacíos y propaganda, el país se desmorona en silencio, y la indignación crece, esta vez amplificada por las propias palabras de su máximo dirigente.