En medio de la profunda crisis económica que atraviesa Cuba, las autoridades desmantelaron un campamento de minería ilegal en el kilómetro 7 de la carretera Maleza, en Santa Clara. Durante la operación, dos personas fueron detenidas y se incautaron herramientas especializadas, incluido un molino utilizado para la extracción de oro y otros minerales.
La información fue divulgada por el comunicador oficialista Henry Omar Pérez, quien destacó los riesgos ambientales y de seguridad asociados con estas actividades clandestinas. Sin embargo, omitió mencionar la creciente desesperación que impulsa a los ciudadanos a incursionar en la minería ilegal como única vía de subsistencia.
A pesar de la férrea vigilancia estatal y las estrictas sanciones, la búsqueda de oro en Cuba se ha convertido en una alternativa recurrente para muchos, evidenciando la ineficacia de las medidas gubernamentales para frenar esta práctica. En provincias como Las Tunas, Ciego de Ávila y Camagüey, han sido recurrentes las redadas contra mineros ilegales, lo que confirma que la crisis no solo no ha sido resuelta, sino que se agrava con el tiempo.
El discurso oficial enfatiza los riesgos ecológicos y el peligro para la seguridad pública, pero ignora las causas subyacentes: el colapso del sistema económico, la falta de empleo y la desesperanza generalizada en la población. Mientras el régimen insiste en que los recursos del subsuelo pertenecen al Estado, la realidad es que la minería ilegal se ha convertido en una manifestación de la lucha por la supervivencia en un país donde el hambre y la pobreza marcan el día a día de miles de ciudadanos.
Los detenidos en Santa Clara ahora enfrentan sanciones legales, y las autoridades han anunciado que continuarán sus operativos para erradicar esta práctica. Sin embargo, la persistencia del problema sugiere que, más que una cuestión de seguridad, la fiebre del oro en Cuba es un reflejo de una nación sumida en la peor crisis económica de su historia reciente.