El género urbano conocido como reparto se ha convertido en el nuevo blanco de la censura cultural del régimen cubano, que lo acusa de promover la vulgaridad, la violencia y la pérdida de “valores oficiales”. Lo que para millones de jóvenes representa identidad, catarsis y verdad cotidiana, para los burócratas del Ministerio de Cultura es una “crisis de identidad”.
En los últimos meses, medios oficialistas como Cubadebate y publicaciones universitarias como Alma Mater han emprendido una cruzada ambigua contra este estilo musical. La contradicción es evidente: el reparto vende, conecta y refleja el país real, pero eso mismo es lo que más teme el poder.
Originado en los barrios más pobres de La Habana, el reparto es hoy el género más escuchado por adolescentes en toda la Isla, sin distinción entre ciudad y campo, según reconocen los propios medios estatales. Sus letras, cargadas de crudeza, sexualidad y agresividad, no hacen más que poner en palabras la desesperanza y la precariedad que define la vida en Cuba.
El medio oficialista Cubadebate lamenta que “hasta profesionales de alto nivel” consuman reparto y propone una “batalla cultural” para combatirlo, sin presentar una estrategia clara. Mientras tanto, artistas como Chocolate MC y Bebeshito, íconos del género, siguen creciendo en popularidad, a pesar –o quizás gracias a– su constante demonización oficial.
La hipocresía del sistema es palpable: mientras en público se finge rechazo, en los Lucas, en la televisión y en fiestas organizadas por mipymes, el reparto es protagonista. La propia Alma Mater sugiere que la verdadera preocupación del régimen no es la ética o la estética del reparto, sino la cercanía de sus artistas con el sector privado, una alianza que escapa al control estatal.
El reparto, al igual que antes el reguetón, la rumba o el son, nace en los márgenes y se vuelve poderoso cuando el pueblo lo hace suyo, y esa es precisamente la razón por la que molesta tanto a una élite que insiste en imponer “valores oficiales” desconectados de la realidad.
Pero incluso dentro de la crítica oficialista se cuelan verdades incómodas. Cubadebate reconoce que el reparto es “reflejo de realidades sociales complejas”: la pobreza extrema, la desesperanza y la falta de oportunidades. Y si el lenguaje de esta música molesta, es porque habla claro y sin filtros sobre un país al borde del colapso.
El dilema está planteado: ¿prohibir o entender? ¿Reprimir o escuchar lo que de verdad está diciendo una generación entera? Para un régimen que ha hecho de la sordera institucional su norma, la respuesta parece clara. Pero el pueblo, con cada altavoz y cada paso de baile, ya ha elegido su banda sonora.

